Historia de los castells: de Valls al Patrimonio de la Humanidad
Más de 200 años de historia separan las primeras torres humanas levantadas en Valls, en el Camp de Tarragona, de la inscripción de los castells como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO en 2010. En ese recorrido, los castells han pasado de ser un elemento de una danza religiosa a convertirse en uno de los símbolos culturales más potentes de Cataluña y en un fenómeno que hoy practican personas de todo el mundo.
La historia de los castells es una historia de identidad colectiva, de resiliencia frente a la represión y de superación constante. Una tradición que ha sobrevivido a guerras, dictaduras y profundos cambios sociales, y que cada vez que parecía a punto de desaparecer ha regresado con más fuerza. Conocer su historia es entender una forma de hacer comunidad que no tiene paralelo en ninguna otra cultura del mundo.
Orígenes: el Ball dels Valencians (s. XVIII)
El origen de los castells se encuentra en la Muixeranga valenciana, una danza procesional que todavía hoy se practica en Algemesí (Ribera Alta) durante la fiesta de la Mare de Déu de la Salut. Esta danza incluía torres humanas como elemento simbólico y religioso, y llegó a las comarcas del Camp de Tarragona probablemente a través de las rutas comerciales y festivas que unían el País Valencià con Cataluña.
En Valls, la danza recibió el nombre de Ball dels Valencians. Las primeras referencias documentadas datan de 1712, cuando ya se mencionan torres humanas en el contexto de las fiestas locales. Con el tiempo, el elemento acrobático, las torres, fue ganando protagonismo hasta separarse por completo de la danza original y adquirir entidad propia.
Esa separación no fue repentina, sino gradual: a lo largo del siglo XVIII las torres crecieron en altura y complejidad, y los grupos que las levantaban empezaron a competir entre sí. El espíritu competitivo, que hoy sigue siendo uno de los grandes motores del mundo castellero, ya estaba presente desde el inicio. A finales del siglo XVIII, Valls contaba con dos colles rivales que se disputaban la supremacía en cada fiesta mayor.
Así nació una tradición única en el mundo: construcciones humanas en las que decenas de personas confían unas en otras para alcanzar una meta colectiva. Sin ningún otro apoyo que sus propios cuerpos, sin red alguna, con la fuerza, el equilibrio y la técnica como únicas herramientas.
Expansión por el Camp de Tarragona y Penedès (s. XIX)
Durante el siglo XIX, los castells vivieron su primera gran expansión territorial. Desde Valls, la tradición se extendió a Vilafranca del Penedès, Tarragona y otras poblaciones de las comarcas vecinas. Cada villa que adoptaba los castells les aportaba su propio carácter y su ambición, y muy pronto surgieron colles que rivalizaban no solo dentro de una misma ciudad, sino también entre poblaciones.
En Valls, la rivalidad entre las grandes colles vallenques, antecedentes históricos de las actuales Colla Vella dels Xiquets de Valls y Colla Joves Xiquets de Valls, se convirtió en el gran motor del progreso castellero. Esta competencia empujó a ambas formaciones a alcanzar hitos nunca vistos: los primeros castells de ocho pisos y, hacia finales de siglo, los primeros de nueve. Cada conquista de una colla obligaba a la rival a superarla, en una espiral ascendente que definió el carácter del mundo castellero.
Los castells arraigaron profundamente en las fiestas mayores de las villas catalanas. Levantar castells pasó de ser un entretenimiento a convertirse en un acto de identidad local y orgullo comunitario. Las diadas castelleras se consolidaron como momentos centrales del calendario festivo, y las colles ganaron un papel social que iba mucho más allá de la actividad acrobática: eran, y siguen siendo, espacios de convivencia, transmisión cultural y cohesión social.
Declive y resistencia (primera mitad s. XX)
La primera mitad del siglo XX fue el periodo más difícil de la historia castellera. La Guerra Civil española (1936-1939) desarticuló las colles: muchos castellers fueron al frente, otros tuvieron que exiliarse y la actividad festiva se detuvo por completo durante los años del conflicto. La guerra no solo destruyó vidas, sino también el tejido social que hacía posibles los castells.
Antes de la guerra, sin embargo, hubo un momento de esperanza: en 1932 Tarragona acogió el primer Concurs de Castells, con Pau Casals como presidente del jurado. La segunda edición se celebró en 1933 y, tras la Guerra Civil, el certamen reapareció de forma intermitente hasta que la ciudad lo consolidó de nuevo a partir de 1970. El Concurs de Castells de Tarragona →
Con la llegada del franquismo, los castells sobrevivieron, pero en condiciones muy precarias. El régimen reprimió las expresiones culturales catalanas y, aunque los castells no fueron prohibidos explícitamente, perdieron buena parte de su contexto festivo y de su significado identitario. Las colles quedaron reducidas a la mínima expresión, con pocos miembros y poca ambición técnica. Fue un tiempo de resistencia silenciosa, en el que mantener viva la tradición ya era en sí un acto de coraje.
El renacimiento (1960-1980)
A partir de los años sesenta, el mundo castellero comenzó una recuperación lenta pero firme. Se crearon nuevas colles en poblaciones que no tenían tradición castellera y el público volvió a llenar las plazas. Pero el gran punto de inflexión fue el Concurs de Castells de 1970, conocido popularmente como «el Concurs del segle». Aquella edición marcó la recuperación definitiva de la tradición: las colles alcanzaron hitos técnicos que no se veían desde hacía décadas y los castells volvieron a ocupar un lugar central en la vida cultural catalana.
La década de los setenta fue de crecimiento sostenido: nuevas colles, nuevos públicos, nuevas ambiciones. Pero la revolución más profunda llegó en los años ochenta con la incorporación de las mujeres al mundo castellero. Hasta entonces, el mundo castellero había sido mayoritariamente masculino. La inclusión de las mujeres supuso un cambio técnico y social de primera magnitud.
Las mujeres aportaron un peso más ligero a los pisos altos de las construcciones, lo que abrió posibilidades técnicas hasta entonces inimaginables. Pero, más importante aún, su incorporación transformó las colles en espacios mixtos e intergeneracionales, mucho más abiertos y representativos de la sociedad. Nuevas colles mixtas nacieron por todo el país, y las que ya existían integraron a las mujeres en todos los niveles de la estructura. Esa revolución silenciosa fue la semilla de la edad de oro que estaba a punto de llegar.
La edad de oro (1990-presente)
A partir de los años noventa, el mundo castellero entró en una etapa de récords históricos y crecimiento exponencial. En 1998, los Minyons de Terrassa descargaron el primer 3 de 10 con folre y manilles, el primer castell de diez pisos completado de la historia. En 2015, la misma colla completó también el primer 4 de 10 con folre y manilles. Cada nueva conquista técnica demostró que los límites de lo posible estaban mucho más lejos de lo que nadie había imaginado.
En 2010, la UNESCO inscribió los castells en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en una ceremonia celebrada en Nairobi (Kenia). Esa decisión dio proyección internacional a una tradición que hoy también cuenta con colles estables fuera de Cataluña, en ciudades como París, Bruselas, Londres o Berlín. Castells Patrimonio UNESCO →
Las cifras hablan por sí solas: hoy el hecho castellero reúne a más de un centenar de colles en los Países Catalanes, alrededor de 13.000 personas asociadas y más de 12.000 castells cada año. Lo que empezó como un elemento de una danza local se ha convertido en un movimiento cultural de primer orden.
Los castells hoy: tradición viva
Los castells del siglo XXI son un reflejo de la sociedad catalana actual: diversa, abierta y dinámica. Las colles de hoy integran personas de todas las edades, orígenes y condiciones. En muchas colles, castellers nacidos en Cataluña trabajan codo con codo con personas llegadas de Marruecos, América Latina, África subsahariana o Asia. La pinya, la base del castell, es también una metáfora perfecta de la sociedad que lo levanta: todo el mundo es necesario y todo el mundo tiene un lugar. La cobertura habitual de TV3 y la plataforma 3cat ha llevado los castells a cientos de miles de hogares, consolidándolos como uno de los espectáculos más seguidos del país.
Más allá de las plazas de fiesta mayor, los castells han encontrado nuevos espacios: eventos corporativos, celebraciones internacionales y festivales culturales. Empresas de todo el mundo contratan actuaciones castelleras como experiencia de team building o como espectáculo único para sus clientes. Esta proyección no diluye la tradición, sino que la refuerza: cada nuevo espacio en el que se levanta un castell es una oportunidad para contar una historia de 200 años de confianza, esfuerzo y comunidad. Contrata castells para tu evento →